Decepción, se hacía llamar.

Y podría esperar toda una vida. Sin darme cuenta de que nunca pasará. Sin darme cuenta que por mucho que lo piense, nada cambiará. Podría seguir esperando una llamada, por muchos años más. Y es que dicen que la esperanza es lo último que se pierde.

Yo me quiero rebelar, no quiero esperar más. Me he cansado de esperar. ¿De qué sirve esperar? Basta. La esperanza tiene para mi un límite. El limite de la estupidez. Defender lo indefendible, pelearse por una causa perdida. ¿En nombre de qué? ¿De la esperanza? Más bien de la estupidez, de la ceguera y la sordera. Que todos somos muy listos hasta que dejamos de serlo. Que todos nos protegemos hasta que estamos al descubierto. Que la vida es corta para esperar demasiado.Imagen

Y entonces, cuando ya no puedo esperar más, mi peor enemigo aparece y me ataca sin tregua.

La decepción como medicina del día a día. Cura del síndrome de Peter Pan y causa de la tristeza estructural. Sentimiento oscuro y poco recomendable, acaba con tu fuerza y destruye tus más elaboradas defensas. Imparable, es capaz de romper los vínculos más afianzados y las pasiones más voraces. Quién despierta ese sentimiento, tiene todas las papeletas de ganarse un puesto entre los “no deseados”, en mi lista negra. Ahí dónde entierro a las personas que me dejaron colgada, que me dieron menos de lo que merecía y que engañaron a todos mis sentidos, uno a uno, dejándome indefensa. Ahí estas por haberme fallado tanto. Una y otra vez. Ahí te quedas porque ya no sé como defenderte y por que me he cansado de esperarte.

NB: aunque parezca que no, hay una canción en el link de soundcloud!

M.D’Abbadie

Y así te decimos Adiós.

 

“Fuiste.

Moldeaste tu vida con tus manos. Decidiste las formas, los colores, los sabores, el tacto. Elegiste. 

Quizá pudiste decidir mejor, elegir mejor. Pero entonces, habrías sido otro, al que no conocemos, del que nada sabemos, al que nunca amamos.

Fuiste tú, enteramente, no podemos decir nada más sobre eso, ni hacer nada más con eso. Tu obra está terminada.

A partir de ahora serás. Pero ya no decidirás tú, ni elegirás las formas y los colores, ni los sabores y el tacto. Es nuestro turno.

Serás lo que el fuego no puede quemar, esencia que el humo sinuoso transportará hasta nuestro espacio y se nos pegará a la piel y se convertirá en nosotros. Así, en formas reinventadas, aparecerás y desaparecerás, llenarás los huecos, te asomarás a nuestras vidas.

Serás memoria y anhelos.

Serás una moto roja y un casco rojo y una niña abrazada.

Serás una sombra inclinada sobre un periódico en un banco de piedra echando pestes sobre esto y también sobre lo otro.

Serás pirueta no muy rápida en una pista, mirada brillante resbalando por aquel suelo sucio en el que se perdió algún sueño.

Serás deseo de escapar dibujando eses en la nieve virgen de la zapatilla.

Serás niño otra vez, jinete veloz cabalgando un peluche de madera, y corsario de Salgari en los mares del Caribe.

Serás huellas profundas en la arena mojada rodeadas de huellas pequeñitas. Niños saltando hacia las olas y tú en el centro.

Tendrás todas las formas, los colores, los sabores y el tacto que nosotros te daremos.

Serás nostalgia, y rabia y abandono.

Serás desgarro de carne arrancada.

Serás susurro y caricia.

Y serás grito.

Todo lo que serás lo serás en nosotros.

Y esta vez, sintiéndolo mucho, no podrás llevarnos la contraria.”

Adiós a Pedro, Yolanda González, Febrero 2014.

Los viejitos de la casa Bilchford

Érase una vez dos hermanos, vivían en un pueblecito cercano a La Paz con sus padres y rodeados del cariño de toda la gente del pueblo. Cuando pasaron a la escuela mayor, tuvieron que dirigirse al pueblo de al lado, que era mas grande y tenía mas habitantes. En esta nueva escuela, Jorge, el mayor de los dos, conoció a Mía, una joven guapa y ambiciosa, hija del mercader del pueblo. Tuvieron un noviazgo largo y que todo el mundo envidiaba. El menor de los hermanos, Martín, pasó gran parte de este tiempo deseando vivir algo la mitad de bueno de lo que su hermano estaba viviendo junto a Mía. Con el tiempo, Jorge decidió que tenía que dar el paso y le preguntó a su novia “¿Querrías ser Mía para siempre?”. La chica, que con el compromiso no se entendía bien, rechazó la proposición y huyó de la ciudad, dejando a Jorge desamparado y con un agujero en el corazón. Curiosamente, el día en el que Mía decidió marcharse, no se rompió solo un corazón, sino dos. El idealista Martín sufrió con su partida casi tanto como su hermano y no por el hecho de que la chica se fuera, si no porque simplemente perdió la fe en el amor. Para él, su hermano y su novia eran el ideal de pareja y no entendía como podía haber salido mal.

Con el tiempo, el corazón de Jorge, que si había conocido el amor, se curó, lenta y cuidadosamente, pero terminó curándose. Martín, si embargo, no encontró la manera de superar la tragedia y decidió renegar del amor. No hubo mujer que pudiera cambiar su parecer, y empezó a desarrollar un cierto odio hacia el sexo opuesto. Su hermano Jorge, conoció a una chica del pueblo vecino, Adele, y a los meses, anunciaron su compromiso.

El futuro esposo fue a visitar a su hermano para darle la noticia personalmente:

– He venido ha decirte, querido hermano, que me caso.

– ¿Te casas? ¿Cómo que te casas?

– Quiero formar una familia, quiero ser feliz y quiero a Adele.

– ¿Acaso no te acuerdas de lo que te hicieron la última vez que diste ese paso?

– Eso fue hace mucho tiempo, ya tienes que olvidarlo. Yo lo hice y fui la víctima. Crece de una vez hermano.

Con éstas palabras, Jorge salió de casa de su hermano, a la que no volvería en mucho tiempo.

El mayor se casó y el menor no acudió a la ceremonia. Jorge estuvo con su mujer hasta que el amor se acabó y tuvo dos hijos. Vivieron felices durante unos 20 años y durante los cuales, construyeron una vida familiar, social y laboral en La Paz, la gran ciudad.

Cuando Jorge y Adele se separaron, éste primero decidió darse una vuelta por su pueblo natal y de paso, visitar a su hermano menor, que llevaba 20 años sin ver. Se lo encontró en la misma casa dónde lo había dejado, tiempo atrás y con la misma mirada de amargura que tanto le dolió en aquella época. Su hermano había desperdiciado su vida. Al verlo en el umbral de la puerta, Martín no pudo evitar echarse a llorar. Le preguntó miles de cosas y al enterarse de que se había separado de Adele, frunció el ceño y dijo:

– Te advertí de que no merecía la pena..

– ¿Cómo dices?

– El amor, casarte, todo eso… te advertí de que sólo trae sufrimiento.

– Hermano, sigues  como hace veinte años- sonrió con tristeza y suspirando, dijo:

– He de decirte que estos veinte años han sido los mejores de mi vida. Ha habido momentos duros, sí, lo reconozco. Momentos en los que desearía hacerme de hielo. Pero no son comparables a los momentos de felicidad, en los que te sientes lleno, completo. Quizás mi matrimonio ahora esté acabado, pero mi vida ha tenido sentido durante todo este tiempo gracias al amor.

– Dime, ¿a que has venido entonces hermano, si tan feliz eres?

– A ver cuán infeliz eres tu.

Esa respuesta, no se la esperaba Martín.

– En la vida, a veces arriesgarse significa caerse y herirse, pero todo eso es insustancial si tienes algo por lo que levantarte. ¿Porqué te levantas tu hermano?

Diciendo esto, Jorge abrió la puerta de la casa y salió de ella, dejando atrás a su hermano y abriéndose una vez mas, camino, esperando vivir una aventura más.

Porque es mejor sufrir de amor que no amar.