Y, gracias por los pequeños detalles.

Hace mucho, mucho que no me siento a escribir. Y para los que me conocéis, podéis imaginar que a parte de frustrada, me encuentro muy poco inspirada. Sin embargo, esta mañana, después de una larga ducha y de varios emails con mi quizás futuro casero, me he puesto un poco meláncolica.

Entonces he sacado mi caja de Pandora.

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Mi caja de Pandora es un recipiente de metal en el que guardo recuerdos desde que me alcanza la memoria. tickets de metro, billetes de avión, recortes de periódicos, alguna pulsera, alguna foto y muchas cartas. Cartas de cuándo tenía 13 y 14 años, y los veranos sin mis amigas se hacían interminables. Entonces, estando una en Maine y otra en Arévalo, mis amigas me escribían y yo les contestaba. Y cada vez que las vuelvo a leer, me sale una sonrisa. No sólo por el contenido de la carta (que da mas vergüenza que otra cosa “me gusta x, pero he conocido a y, no quiero verle en clase, estoy celosa de w etc etc) si no por la intención que queda detrás. El gesto de una carta, un objeto físico que puedes guardar, que puedes romper, que puedes quemar, es para mí insustituible.

Sin embargo, lo que me ha hecho estar ahora mismo escribiendo, este día de Junio después de la tormenta (y el diluvio universal en Madrid) es un sobre acolchado marrón, que tengo en mi mesa de noche desde hace un año  y cinco meses.

Dentro de este sobre, 12 papeles. Unos más grandes, otros más pequeños. Algunos creo que formarían un puzzle si los junto porque sospecho que pertenecen a una misma hoja, pero fueron recortados por falta de espacio y de papel. Estos 12 papelitos consiguieron que al llegar a Madrid hace un año y cinco meses, lo soltara todo. Cada palabra, cada línea, por banal o sencilla que fuera, me llegó bien adentro. Ahí donde no he permitido a nadie llegar. En el momento de la lectura, lo dejé todo. Recuerdo tener que sentarme, porque me fallaban las piernas. Recuerdo llorar, como no había llorado antes. Pero no de tristeza. De reconocimiento, de gratitud, de orgullo y de amor, por esas personas que quisieron “poner su granito de arena”. Que aún sin saber qué decir, decidieron escribir unas líneas para de algún modo, reconfortarme.

En una de estas cartas, la persona que la escribió me habla de la importancia de los pequeños detalles, y del poder de la memoria y del recuerdo. Yo sé que siempre voy a recordar, que estoy marcada a vida. Pero tiene razón cuándo dice que son esos detalles los que marcan la diferencia. Son 12 papeles en un sobre marrón, o dos amigas decidiendo de madrugada que se subían al norte. Es una ida y vuelta desde Segovia y son más de 50 jóvenes asistiendo a un funeral.

Son gestos que forman un todo, que te dan la fuerza, consciente o inconscientemente para seguir adelante.

Por eso hoy, quiero terminar por dar un pequeño consejo, si me lo permitís. Nunca os echéis atrás en estas situaciones, pensando que “no sirve para nada” o “no puedo ayudarle con un mensaje”. Todo ayuda. Os arrepentiréis de no estar ahí. De no “poner vuestro granito de arena”. Porque todo vale, todo cuenta. Quizás en el momento no haga demasiado, pero son en las noches un poco negras, cuando saco mi sobre marrón y me pongo a leer esas cartas. Y me seco las lágrimas, y me duermo con una sonrisa.

m.d’abbadie.

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