las piezas que me faltan

 

Hoy me invento un nuevo concepto, que espero que no os sea familiar y que la verdad me hubiese gustado nunca llegar a conocer.

Relación rota. Esa que te duele aunque no quieras. Que te ha dejado marcas que desde fuera parecen invisibles, pero que llevas por dentro en silencio.

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Familiares, amigos o incluso amantes pasajeros, que sé yo. Gente a nuestro alrededor que algún día nos hicieron felices, nos sacaron la mejor sonrisa y que al mismo tiempo tenían la habilidad de encontrar hasta la última lágrima que albergaba nuestro cuerpo.

Yo he negado toda mi vida mi relación rota. Siempre he sido consciente de ello, pero nunca he querido aceptar el poco bien que me hacia. Pero cada vez veo más y más pedacitos de ella. Cada vez se me presentan más imágenes que no quise ver, o que no quise entender. Y cada vez, me recuerdo a mi misma que todas las lágrimas que en su día no lloré, saldrán de mi cuerpo traicioneras cuando menos me lo espere.

Sin embargo, no es el llanto que me arranca el problema de la cuestión. Es el no poder guardar aquello bueno, y dejar a un lado lo malo.

Es no poder hacer las paces conmigo misma.

Porque el problema, es que cuando el otro lado de la línea ya no está entre nosotros, no te puedes sentar a tomar un café y pensar en los errores del pasado.

No puedes remediar que se fue sin que te despidieras, o que no te acuerdas de lo último que os dijisteis, porque probablemente fuera algo sin importancia. Y según tengo entendido, allí arriba no tienen derecho a llamadas.

Lamentablemente en esta situación no podemos decir hello, from the other side.

No. El problema de estas relaciones es que necesitas entenderlas para poder superarlas. Necesitas sacar lo bueno para no mantenerte herida y en un constante estado de tristeza.

Y reconstruir una relación rota no es fácil. Los pedazos pueden ser demasiado pequeños, o haberse perdido piezas con el paso del tiempo.

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Tu memoria selectiva te juega una mala pasada y escoge por ti fragmentos que no querrías volver a vivir. Se te mezclan las intenciones y los sentimientos y ya no sabes si perdonar o seguir ignorando el sabor amargo que te inunda el cuerpo cuando recuerdas los buenos momentos. Te enfrentas a una batalla interna entre lo que quisiste recordar y lo que quieres ver ahora. Toda una contradicción que sólo incrementa tus ganas de dejarlo todo y olvidar.

Solo que ni tu cuerpo ni tu mente olvida.

Su recuerdo vuelve un día, al siguiente no. Pero al otro si. Y la tarea de salir y seguir adelante es toda tuya.

Es perdonarle. Es perdonarte. Es seguir viviendo.

m.d’abbadie

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